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Cuando el Macintosh no cumplió las expectativas

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Cuando el Macintosh no cumplió las expectativas

Hoy resulta prácticamente imposible hablar de la historia de la informática personal sin conceder al Macintosh un lugar privilegiado. No fue el primer ordenador con interfaz gráfica ni inventó el ratón, pero sí fue el producto que consiguió llevar muchas de aquellas ideas a un público mucho más amplio y demostrar que existía otra manera de relacionarnos con un ordenador. Ventanas, iconos, menús, un puntero que podíamos desplazar por la pantalla… buena parte de aquello que hoy damos por sentado empezó a normalizarse gracias al Mac. Por eso resulta fácil asumir que, desde aquel mítico 24 de enero de 1984, el Macintosh inició una marcha triunfal que acabaría convirtiéndolo en uno de los mayores éxitos de Apple.

Pero no fue exactamente así. El primer Macintosh tuvo un lanzamiento espectacular y su influencia tecnológica y cultural resulta indiscutible, pero comercialmente atravesó problemas muy serios pocos meses después de llegar al mercado. Las ventas terminaron quedando muy lejos de las enormes expectativas que Apple había construido alrededor del producto, mientras el veterano Apple II seguía sosteniendo buena parte del negocio de la compañía. En otras palabras, el ordenador que hoy contemplamos como uno de los grandes hitos de la historia de Apple estuvo mucho más cerca de convertirse en una enorme decepción de lo que solemos recordar.

1984 no sería como «1984»

Apple preparó el lanzamiento como un gran acontecimiento. Dos días antes de presentar oficialmente el Macintosh, durante la Super Bowl XVIII del 22 de enero, emitió el ya legendario anuncio «1984», dirigido por Ridley Scott. Ni siquiera mostraba el ordenador: una atleta destruía con un martillo la enorme pantalla desde la que un Gran Hermano adoctrinaba a una multitud y, tras la explosión, Apple prometía que el 24 de enero presentaría Macintosh y entenderíamos por qué 1984 no sería como «1984». Aquel anuncio terminó convirtiéndose en uno de los más famosos de la historia de la publicidad.

Y entonces apareció Steve Jobs sobre el escenario, sacó el Macintosh de una bolsa, introdujo un disquete y dejó que el propio ordenador se presentara. Para quienes estaban acostumbrados a interactuar con sus PC mediante comandos de texto, aquello parecía realmente una ventana al futuro. Macintosh ofrecía una interfaz gráfica basada en ventanas, iconos y menús, controlada mediante un ratón, dentro de un equipo compacto con una pantalla monocroma de nueve pulgadas. Costaba 2.495 dólares, una cifra considerable en 1984, pero muy inferior a la del Apple Lisa, el sofisticado y carísimo ordenador del que había heredado buena parte de su filosofía.

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Durante unos meses, todo parecía haber salido bien

Steve Jobs había establecido una medida muy concreta para considerar exitoso el arranque: vender 50.000 Macintosh durante sus primeros cien días. Apple superó claramente ese objetivo y colocó más de 72.000 unidades antes de terminar abril. La maquinaria siguió acelerándose hasta vender más de 60.000 ordenadores solamente en junio, y Jobs llegó a convencerse de que habían cruzado definitivamente la línea que separaba una apuesta arriesgada de un éxito consolidado.

Las previsiones empezaron entonces a dispararse. Si las ventas seguían creciendo, el Macintosh estaba llamado a convertirse rápidamente en el nuevo gran motor de Apple y, sobre todo, en el producto con el que la compañía podría enfrentarse a IBM y a los compatibles que empezaban a dominar el mercado empresarial. Apple había vendido aproximadamente 250.000 Macintosh al terminar 1984, una cifra que aisladamente puede parecer excelente para un ordenador completamente nuevo. El problema es que el ritmo de las ventas contaba una historia bastante menos optimista.

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Pero llegó el frenazo

Con el paso del verano las ventas comenzaron a enfriarse. Durante un tiempo, los acuerdos de Apple con universidades ayudaron a mantener el volumen gracias a la venta de decenas de miles de equipos a estudiantes, pero al acercarse la campaña navideña la situación se hizo mucho más evidente. El departamento de marketing había previsto vender más de 75.000 Macintosh al mes durante aquel periodo crucial. En realidad, Apple no consiguió llegar siquiera a las 20.000 unidades mensuales.

El dato que probablemente mejor representa la situación llegó en diciembre de 1984: casi un año después de la presentación del ordenador que debía definir el futuro de la compañía, el Apple II todavía generaba aproximadamente el 70% de los ingresos de Apple. El pasado seguía pagando las facturas mientras el futuro tenía dificultades para encontrar compradores. Y aquella situación iba a resultar especialmente incómoda porque Apple no había presentado el Macintosh como un producto experimental o una nueva familia destinada a crecer poco a poco, sino como el ordenador que estaba llamado a cambiar la industria.

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El Macintosh era revolucionario, pero también demasiado limitado

Parte del problema estaba en la propia máquina. El Macintosh original tenía solamente 128 KB de memoria RAM, y los usuarios descubrieron rápidamente que eran insuficientes. La limitación resultó tan evidente que en septiembre de 1984, apenas ocho meses después del lanzamiento, Apple presentó el Macintosh 512K, conocido posteriormente como «Fat Mac», con cuatro veces más memoria. El primer modelo tampoco disponía de disco duro interno, utilizaba una única unidad de disquete y ofrecía unas posibilidades de expansión bastante escasas.

Tampoco ayudaba que el catálogo de aplicaciones todavía fuera reducido. En enero había una diferencia enorme entre contemplar MacPaint o MacWrite y preguntarse qué tareas reales podíamos resolver con aquel ordenador todos los días, especialmente dentro de una empresa. El Macintosh mostraba una manera de usar los ordenadores que resultaba mucho más intuitiva, pero una buena interfaz no podía compensar indefinidamente unas prestaciones ajustadísimas, un ecosistema todavía inmaduro y un precio de 2.495 dólares. Steve Jobs, de hecho, había aspirado inicialmente a venderlo por unos 1.495 dólares.

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El problema también llegó hasta Steve Jobs

Aquellas dificultades no explican por sí solas lo que ocurrió posteriormente dentro de Apple, pero sí contribuyeron a empeorar una situación que ya era complicada. La relación entre Steve Jobs y John Sculley comenzó a deteriorarse mientras aumentaba la presión por las débiles ventas del Macintosh y por una industria del PC que, además, atravesaba un periodo complicado. Andy Hertzfeld, uno de los miembros fundamentales del equipo original del Mac, recuerda cómo Sculley empezó a presionar a Jobs para que afrontara los problemas comerciales del producto y cómo las tensiones fueron creciendo durante los primeros meses de 1985.

En mayo, Jobs perdió el control operativo de la división Macintosh tras su enfrentamiento con Sculley y quedó relegado a una posición prácticamente simbólica antes de abandonar finalmente Apple aquel mismo año. Sería incorrecto afirmar que las malas ventas del Mac fueron «la causa» de su salida: detrás hubo una compleja lucha de poder, profundas diferencias personales y visiones distintas sobre cómo dirigir la compañía. Pero tampoco podemos separar completamente ambos acontecimientos. En junio de 1985, TIME describía las dificultades de Apple y señalaba expresamente que el Macintosh no había conseguido avanzar como esperaba la compañía en el mercado de oficinas.

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Entonces el Macintosh encontró aquello que necesitaba

Lo curioso es que, mientras Apple atravesaba aquella tormenta, estaban apareciendo las piezas que terminarían por cambiar el destino del Macintosh. En 1985 llegaron la impresora Apple LaserWriter, el lenguaje de descripción de páginas PostScript de Adobe y Aldus PageMaker. La combinación de estos tres elementos permitió realizar desde un escritorio trabajos de composición y diseño que hasta entonces requerían sistemas mucho más especializados y costosos. Había nacido la autoedición moderna.

Entonces la interfaz gráfica del Macintosh dejó de ser simplemente una demostración espectacular de cómo podrían funcionar los ordenadores en el futuro. Para diseñadores, editores, agencias, profesionales creativos y pequeñas empresas se convirtió en una ventaja práctica extraordinaria. Lo que veíamos en pantalla podía trasladarse con enorme precisión al papel, las imágenes y los textos podían manipularse visualmente y el ordenador empezaba a justificar su precio mediante trabajos para los que realmente resultaba mejor que muchas alternativas. El Computer History Museum considera precisamente la combinación de PageMaker, PostScript y LaserWriter como la base de aquella revolución, y el Macintosh terminó estableciendo una relación especialmente fuerte con los mercados del diseño y la creación gráfica.

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Entonces, ¿el primer Macintosh fue un fracaso?

No, al menos no si empleamos «fracaso» en su sentido habitual. Un producto que vende 250.000 unidades durante su primer año, alcanza las 500.000 en septiembre de 1985 y supera el millón en marzo de 1987 difícilmente puede recibir esa etiqueta sin introducir muchos matices. Además, el Macintosh sobrevivió, evolucionó, generó una plataforma completa y terminó convirtiéndose en una de las familias de ordenadores más longevas e influyentes de la historia.

Pero sí podemos afirmar que el primer Macintosh fue una importante decepción comercial frente a las expectativas que Apple había depositado en él. Después de un comienzo magnífico, las ventas se frenaron de manera alarmante, no consiguió conquistar rápidamente el mercado empresarial, mostró limitaciones importantes desde prácticamente el primer día y contribuyó al clima de crisis interna que vivió Apple durante 1985. El éxito que hoy asociamos al nombre Macintosh no llegó automáticamente con aquella espectacular presentación de enero.

Y quizá sea precisamente eso lo que hace que su historia resulte todavía más interesante. Es fácil contemplar los grandes productos tecnológicos desde el presente y pensar que su importancia era evidente desde el primer momento, como si el mercado hubiera reconocido inmediatamente aquello que nosotros podemos ver cuatro décadas después. El Macintosh demuestra lo contrario. Apple acertó de manera extraordinaria al imaginar buena parte del futuro de la informática personal, pero su primera implementación estaba lejos de ser perfecta y durante un tiempo tampoco estuvo claro que los consumidores quisieran acompañarla en ese viaje. A veces se puede tropezar en el presente y, al mismo tiempo, estar señalando correctamente hacia dónde se dirige el futuro.

 

Imágenes generadas con IA

Si me dieran una cana por cada contenido que he escrito relacionado con la tecnología... pues sí, tendría las canas que tengo. Por lo demás, música, fotografía, café, un eReader a reventar y una isla desierta. ¿Te vienes?

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