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Comienza el final de las cabinas telefónicas

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Comienza el final de las cabinas telefónicas

Una manera muy efectiva de averiguar la generación a la que  pertenece una persona es preguntarle por su relación con las cabinas telefónicas. Y es que hay millennials que no han llegado a emplearlas nunca, y en el caso de los centennials lo raro es encontrar a alguno que las haya empleado de manera más o menos habitual. La clave la encontramos, claro, en la proliferación de la telefonía móvil, que se inició en nuestro país durante el segundo lustro de los noventa, y que a día de hoy (y desde hace ya bastantes años, en realidad) ha hecho que  tengamos siempre un teléfono en el bolsillo.

Pero no es solo eso, el modelo de comunicación también ha cambiado ostensiblemente en las dos últimas décadas. Primero fueron los SMS, después, aunque con mucho menos éxito, los mensajes MMS, y la gran revolución se produjo con la llegada de los servicios de mensajería instantánea para smartphone. Las llamadas de teléfono dejaron de ser la principal razón de ser de los teléfonos móviles, sellando así un poco más el destino de las cabinas telefónicas, anacrónicas en una sociedad en la que cada vez se llama menos por teléfono.

Hasta ahora las cabinas telefónicas se han mantenido operativas porque se consideraban un servicio universal obligatorio, consideración que finalmente perdieron en el corpus legal que regula las telecomunicaciones en nuestro país. Hasta el pasado 31 de diciembre 15.000 cabinas se mantuvieron operativas, pero tras declararse desierto el último concurso para optar a la operación de las mismas, su final quedó sellado con el cambio de año. Ya vimos algo similar, hace ya unos años, en Reino Unido con sus emblemáticas cabinas rojas.

Sin un operador que se haga cargo de su mantenimiento y explotación, ya son muchas las localidades que tienen planes concretos para su retirada, una medida totalmente lógica y comprensible pero que, no obstante, a algunos nos suscita un cierto prurito en la región del cerebro dedicada a los recuerdos y la nostalgia. Y es que cualquier persona de más de 40, y apuesto a que la mayoría de los mayores de 35, guardaran algunos recuerdos relacionados con las cabinas telefónicas.

Comienza el final de las cabinas telefónicas

En mi caso, por ejemplo, la relación con las cabinas telefónicas se divide en dos grandes bloques temáticos. El primero es el de un periodo de mi vida en el que se concentraron muchas mudanzas en muy poco tiempo, entre el segundo lustro de los ochenta y el primero de los noventa. ¿El segundo? Seguro que los veteranos coinciden conmigo en este punto: la mili. Durante los meses del servicio militar, salvo que tu destino te permitiera ir a tu casa de manera habitual (nada más lejos en mi caso, que vivía en Madrid y me tocó servir en Melilla), las cabinas telefónicas eran, junto con el correo postal, el hilo que te mantenía conectado a familia, novia, amigos, etcétera.

Incluso recuerdo tiempos en los que se generaron ciertas rutinas sociales alrededor de las cabinas telefónicas. Un par de viejos amigos y yo instauramos la tradición de quedar los domingos por la noche en una cabina telefónica, para llamar cada uno de nosotros a nuestras respectivas novias de entonces. Era una especie de ritual con el que dábamos por finalizado el fin de semana, charlábamos un rato, compartíamos algunas chucherías y luego volvíamos cada uno a nuestra casa para prepararnos para el lunes.

A día de hoy parece increíble eso de tener que salir de casa para hacer una llamada, o tener que buscar una cabina si estabas en la calle y tenías que hacer una llamada urgente. Sin embargo, hace no tanto tiempo las cabinas telefónicas formaban parte fundamental de nuestro sistema de telecomunicaciones personales. Solo por eso, y aún entendiendo que su tiempo ha terminado, es imposible no observar su retirada como una señal de que nos vamos haciendo mayores, sí, pero también como un recordatorio de lo que hemos vivido.

 

Imágenes: Galopax

Si me dieran una cana por cada contenido que he escrito relacionado con la tecnología... pues sí, tendría las canas que tengo. Por lo demás, música, fotografía, café, un eReader a reventar y una isla desierta. ¿Te vienes?

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